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Contexto internacional

El año 2008 reveló de manera dramática las profundas contradicciones del desarrollo capitalista mundial, que tuvieron  su manifestación en la crisis económica a nivel global.

En general, los análisis de la crisis tuvieron –y tienen aún– un tinte apologético del sistema. Las diferentes explicaciones que dominan los titulares de los medios, los espacios académicos y los pasillos de las instituciones multilaterales, tienen en común el argumento de que se trata de un fenómeno esencialmente –cuando no únicamente– financiero que, por las características inherentes a la globalización, deriva en efectos “sobre” la economía real.

De esa manera, se elude cualquier referencia a la naturaleza de la economía mercantil capitalista. Como resultado de ese tipo de balance, que evita toda referencia a la naturaleza de la acumulación capitalista y su base –la explotación de la fuerza de trabajo– los gobiernos de las potencias y los organismos financieros internacionales concluyen que la superación de la crisis será resultado de la aplicación de políticas coordinadas: la emisión de gigantescos paquetes financieros en favor de las entidades financieras en quiebra y la aplicación de nuevas reglas de prudencia crediticia.

Más allá de su expresión en el plano financiero, la crisis tiene sus causas en la naturaleza de la acumulación de capital, que ha llevado a la economía mundial a una situación de sobreacumulación y, por tanto, de sobreproducción de bienes que no encuentra contrapartida en la limitada capacidad adquisitiva de los consumidores. Es reflejo, por tanto, de la contradicción fundamental entre la producción social y la apropiación privada, en la que deriva la producción organizada en torno a la propiedad privada de los medios de producción y la explotación de la fuerza de trabajo.

El carácter estructural de esta crisis tiene manifestaciones concretas: los períodos de crecimiento se hacen cada vez menos frecuentes y cortos y no conllevan la mejora cualitativa de las capacidades productivas de la sociedad, es decir, el desarrollo de sus fuerzas productivas.

Por ejemplo, los espectaculares resultados de China y otros países emergentes se asientan en la extrema explotación de la fuerza de trabajo y la marginación de millones de personas que no pueden ingresar al cada vez más estrecho, en términos relativos, ejército de ocupados; peor aún, este proceso, típico de un modo de producción que periclita, se hace más dramático y veloz en el caso de China, un país con una enorme población campesina que, debido a la privatización de la economía, es proscrita del campo y rechazada en los centros industriales urbanos.

Frente a este panorama, las recientes muestras de optimismo sobre la pretendida superación de la crisis, parecen ser excesivas y  basadas en análisis sesgados. Los indicadores que se toman en cuenta en varios análisis, como los del Fondo Monetario Internacional (FMI) o de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), son convencionales y no permiten ver que las condiciones estructurales de la crisis a las que se hizo referencia, que siguen latentes.

Más aún, los indicios de recuperación analizados bajo esa óptica no son generalizables para todas las economías, destacándose el retraso de muchas de ellas que todavía siguen técnicamente en recesión. Así, por ejemplo, en el caso de los Estados Unidos se estima que en 2009 mostrará una contracción de 2,7%  y que el crecimiento positivo de la economía recién será alcanzado a mediados del próximo año, el mismo que seguirá acompañado de elevado desempleo (10% para el 2010) y una débil reanimación del consumo.

En el caso de la región latinoamericana, se estima que varios países persistirán sumidos en la recesión hasta fines de 2009, por lo que la región verificará una reducción de su crecimiento del 2,6%; además, su recuperación será relativamente más lenta que en el pasado y en un lustro, por lo menos, la tasa de crecimiento no pasará del 4%, es decir casi un 50% menos que la tasa del anterior período

Por otro lado, las medidas  que se han tomado para superar los efectos de la crisis, dejan un conjunto de condiciones que devolverán sus consecuencias en el futuro. Entre estas se puede mencionar: el enorme y persistente déficit fiscal y la acumulación de deuda pública de los principales países industrializados; la monetización de esos déficits que eventualmente aumentarían la inflación; el incremento del desempleo por más tiempo[2] y un crecimiento económico débil.

Las condiciones descritas señalan, a grandes rasgos, la gravedad de la situación de la economía mundial, la que transcurre acompañada de otras crisis no menos graves: la crisis ambiental, la crisis de alimentos y la crisis energética.

De acuerdo a algunas predicciones científicas[4], el mundo podría alcanzar el pico de producción de petróleo convencional antes del 2020. Esta situación sugiere que persistirán los niveles altos de los precios de la energía, constituyéndose en un factor de presión inflacionaria mundial y un estimulo al desarrollo y producción de sucedáneos, como los biocombustibles, y también a la búsqueda de otros sustitutos, como los llamados minerales energéticos, la energía nuclear y las fuentes de energía renovable.

Este escenario significa la persistencia de condiciones para la agudización de la presión por obtención de rentas naturales y monopólicas por parte del capital transnacional; es decir, el agravamiento de las acciones de expropiación, control y saqueo de los recursos naturales ubicados en los países atrasados.

Se debe considerar, además, que varias de estas opciones traen aparejadas incontables impactos sobre el precio de los alimentos y sobre el medio ambiente, lo que agrava la situación general y los riesgos de crisis sistémicas cada vez más serias. En este sentido, las expectativas puestas sobre el desarrollo de la economía de los países emergentes –especialmente de la China– como la posibilidad de superar la crisis mundial y alcanzar un nuevo período de crecimiento en el capitalismo, conllevan riesgos aún mayores, si se toma en cuenta el estilo esencialmente depredador del modelo chino.

A la hora de evaluar las causas de la crisis alimentaria no debe olvidarse que ella está indisolublemente unida a la naturaleza del desarrollo capitalista. En el capitalismo resultan ser dos cosas totalmente distintas la capacidad física de consumo de los seres humanos y la capacidad de acceso al consumo de los bienes necesarios; consecuentemente, la reducción paulatina de la producción de alimentos y de la importancia misma de producirlos, responde, ante todo, a que se prioriza la producción de aquellos bienes que rinden ganancias por encima de cualquier otra consideración.

En este escenario complejo, las respuestas a la crisis no pueden derivarse únicamente de la mirada a las consecuencias inmediatas de la recesión y a las características que asumirá la recuperación, sino de la valoración de las consecuencias que implica el mantenimiento de un modo de producción que tendrá como tendencias ulteriores dominantes a la sobreexplotación del trabajo y a la consolidación de la renta monopólica sobre la explotación de recursos naturales por parte del capital transnacional.

[1]FMI, Perspectivas económicas. Las Américas, se evitó la crisis ¿qué sigue ahora?, octubre 2009.

[2]La prensa informa que el desempleo en EEUU, que llega a casi 15 millones de personas, se está nutriendo ahora de despedidos del sector público, hasta hace poco el último refugio de los trabajadores, debido a las restricciones presupuestarias ocasionadas por la caída de los ingresos tributarios (Sudeep Reddy y Conor Dougherty, Wall Street Journal, 07/09/09).

[3]http://www.forbes.com/2009/07/29/global-economy-depression-recession-unemployment-consumption-opinions-columnists-nouriel-roubini.html

[4]UK Energy Research Centre (Global Oil Depletion. An assessment of the evidence for a near-term peak in global oil production,august 2009).

[5]China es el segundo emisor mundial de  dióxido de carbono, el 75% de sus ciudades padecen de alta contaminación, tiene 5 de las 10 ciudades más contaminadas del mundo, 40% de su territorio está erosionado y 25% sufre fuerte desertización (Palazuelos, A. Los capitalismos emergentes en la nueva arquitectura internacional, ¿qué hay de nuevo en la división internacional del trabajo?, en http://revistas.ucm.es/cee/15766500/articulos/PAPE0707220003A.PDF.

Fecha

Miércoles, 22 de Febrero de 2012

CEDLA

El Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), fundado el 21 de enero de 1985, es una asociación civil privada sin fines de lucro, con sede en la ciudad de La Paz, República de Bolivia. Avenida Jaimes Freire #2940 Esquina Muñoz Cornejo. Tel 591-2-2412429 / Fax 591-2-2414625 Casilla Postal 8630

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