España: Un país de movilizaciones por la crisis económica
ABC, julio 26 de 2012
Desde el 14-D hasta el 15-M, el panorama de las protestas ha cambiado enormemente por las redes sociales
EFE
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La calle está que arde. La crisis económica que sufre el país desde hace ya cuatro años ha caldeado los ánimos, y los sucesivos recortes laborales y económicos llevados a cabo por los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy no han servido para enfriarlos. Mineros, funcionarios y hasta militares y policías -muy poco dados a subversiones- protagonizan protestas por los últimos ajustes. Las movilizaciones -o el anuncio de las mismas por parte de diversos grupos y agentes sociales- han llegado a convertirse en un clamor casi diario, de más o menos entidad, en muchas ciudades del país.
Desde la instauración de la democracia, España ha vivido una buena cantidad de movilizaciones que reivindicaban asuntos de índole económica o laboral. Las más importantes, las siete huelgas generales convocadas entre 1985 y 2012, cuatro de las cuales fueron contra las políticas del Gobierno de Felipe González, y una contra cada uno de los ejecutivos posteriores: José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. A ellas se suman numerosas movilizaciones sectoriales y territoriales que se convocaron ante diversas crisis y reconversiones industriales.
Con la perspectiva que da los años, ¿en qué cambiaron estas protestas el panorama laboral o político de nuestro país? «A pesar de que las huelgas generales no suelen tener efectos inmediatos, ya que todos los gobiernos tratan tanto previa como posteriormente de ningunear sus efectos, todas conllevaron consecuencias: bien de rectificación, bien de transformación o bien de determinadas secuelas políticas derivadas de las mismas», explica Julio Salazar Moreno, Secretario General de la Unión Sindical Obrera (USO).
La huelga general del 14 de diciembre de 1988 está considerada la movilización laboral más influyente de la democracia. Los sindicatos la convocaron en contra del Plan de Empleo Juvenil aprobado por el Gobierno de Felipe González en Consejo de Ministros el 28 de octubre de 1988. Se creaba un nuevo contrato laboral precario para jóvenes menores de 25 años y bonificaba a las empresas que lo implantaran. Fue la jornada de paro más seguida de la época democrática. Hasta RTVE dejó de emitir. El seguimiento fue del 70% según los sindicatos y del 30% según el Gobierno.
Tras el éxito de la convocatoria, el Ejecutivo de Felipe González se vio obligado a dar marcha atrás con las medidas, pero sus efectos a largo plazo fueron mucho más profundos. «Se retiró un plan de empleo juvenil y se cambió la política económica en términos de ortodoxia socialdemócrata, es decir, de incremento enorme del déficit público. España tardó cinco años en recuperarse de los efectos de este viraje», explica Juan Carlos Jiménez Redondo, Profesor del Instituto de Estudios de la Democracia de la Universidad CEU San Pablo.
También la huelga general del 20 de junio de 2002 consiguió algunos de los objetivos que perseguían los sindicatos. Entre ellos, suavizar el denominado «decretazo», un paquete de medidas aprobado en la segunda legislatura de José María Aznar que afectaba en gran medida a los desempleados.
Todos conectados
Estas dos movilizaciones son, en cierto modo, de modelo muy tradicional, tenían lugar a través de una convocatoria por parte de los sindicatos. Sin embargo, según analiza el profesor Jiménez Redondo, las cosas han cambiado. Las actuales «son mucho menos multitudinarias, están mucho más corporativizadas», aunque hay una excepción: «La presencia constante de un pequeño grupo aglutinado en torno al mito del 15-M, que a pesar de su inconsistencia ideológica y de su nula representatividad social acapara incomprensiblemente lugares destacados en los medios de comunicación».
El profesor del CEU también señala que, desde el triunfo del Partido Popular, los sindicatos «tienden a querer representar el papel de oposición política e ideológica al gobierno», ante un PSOE muy debilitado. Sin embargo, no le quita responsabilidad al propio Gobierno. «No es menor el enfado ciudadano por la inconsistencia, las ocultaciones y la absoluta falta de empatía que el gobierno y el PP muestra hacia la situación de los ciudadanos», observa.
El secretario general de USO, Julio Salazar, introduce en las protestas actuales el elemento de la política exterior, de la que los últimos gobiernos son «meros monaguillos»: «Se imponen desde fuera las actuaciones económicas, sociales y laborales en una clara deriva de cargar todo el peso de la crisis sobre las espaldas de la ciudadanía trabajadora y sobre la economía productiva, activando procesos de demolición del modelo social imperante en Europa y de degradación de las condiciones laborales, retributivas, sociales y democráticas sin precedentes».
El fenómeno del «pásalo» -enviar un mensaje a través del móvil o de las redes sociales- ha tenido también una influencia decisiva en las movilizaciones a que estamos asistiendo en la actualidad. Ante el malestar, Facebook o Twitter echan humo y se generan «quedadas» más o menos multitudinarias con un solo clic. Sin embargo, los expertos valoran de forma desigual la influencia de las redes sociales en estas protestas.
Julio Salazar, del sindicato USO, cree que están teniendo una gran influencia, «tanto para las convocatorias efectuadas reglamentariamente como especialmente por cuantas están emanando de forma esporádica, y deben ser tenidas cada vez más en cuenta por cualquier tipo de convocatoria si se quiere el éxito de la misma».
Sin embargo, el profesor Jiménez Redondo se muestra más crítico. «Las redes sociales dan un carácter inmediato a los acontecimientos», admite, pero, por contra, «se han convertido en fuente de los medios de comunicación más tradicionales»: «Éstos tienden a maximizar la relevancia social de las redes, dando por hecho que si un tema es popular en las redes es que tiene una indudable dimensión social, cuando no está nada claro que así sea».

